La historia de Aguchita. Es una historia de fe. De amor al prójimo. Una vida ejemplar
Cuando tenía apenas 14 años, Aguchita recibió el llamado de Dios. Se trasladó de su tierra natal Coracora con destino a la ciudad de Lima, y estudió en la escuela dirigida por las Hermanas de la Caridad del Buen Pastor. Despertando en ella una auténtica vocación cristiana, una vida religiosa consagrada a Dios.
El 8 de febrero de 1945, la hija predilecta del pueblo ayacuchano de Coracora, nacida el 13 de junio de 1920 como Antonia Luzmila Rivas López, emitió sus votos religiosos adoptando el nombre de María Agustina.
Vivió en la ciudad de Lima hasta el año 1988. Se dedicó a velar por la educación y la salud de los niños. Fue educadora, catequista y enfermera. Su mayor preocupación siempre fueron los niños abandonados. Recorrió los barrios marginales de Lima llevando un mensaje de paz y esperanza.
Gracias a su experiencia como formadora de novicias, Aguchita como la llamaban cariñosamente en la congregación, fue invitada para participar en la misión La Florida, en el distrito de Pichanaki, Región Junín. Con amor ayudó a cuidar especialmente a las mujeres nativas. Su mayor preocupación estaba centrada en la educación y la salud. Y lo cumplía a pesar del clima de inseguridad que reinaba en nuestro país.
Era la década de los 80, y la organización terrorista Sendero Luminoso, liderada por Abimael Guzmán, ya había desatado una ola de violencia poniendo en jaque a la naciente democracia y aterrorizando a un país entero. Las noticias hablaban de atentados, pueblos arrasados, mujeres violadas, niños secuestrados, dirigentes comunales y policías asesinados. Cumpliendo el mandato constitucional, las Fuerzas Armadas y las fuerzas policiales salieron en defensa de la ciudadanía y la democracia. Dos décadas después, se logró derrotar a la cúpula senderista, sin hacer un solo disparo, en Lima, poniendo fin a 20 años de terror que costó la vida de más de 70 mil peruanos.
Aguchita fue una víctima más de la insania, de la cultura del odio (“La religión es el opio del pueblo”). El 27 de septiembre de 1990 fue un día trágico, sangriento. Una columna de senderistas, fuertemente armados, incursionó en La Florida, y bajo amenazas de muerte, haciendo disparos al aire, reunieron a los pobladores en la plaza principal.
El objetivo era dar muerte a la madre superiora de la congregación católica. Al no encontrarla en la zona, los senderistas tomaron de rehenes a los lugareños. Se vivía un ambiente de terror. Algunos lloraban. Suplicaban por sus vidas. Aguchita ofreció su vida a cambio de la libertad de los rehenes.
Sin piedad fue ejecutada delante de todos. Las escenas fueron dolorosas, terribles, desgarradoras. Su gente lloró. Aguchita se había ido al cielo, convertida en mártir de la Iglesia Católica.
El 22 de mayo del año 2021, el Papa Francisco reconoció la muerte "in odium fidei" (en odio de la fe) de Sor María Agustina y firmó el decreto de su beatificación. Su pueblo lo recuerda con cariño y con nostalgia.
Todavía retumba en mi memoria los bellos versos de mi profesor de Literatura, en la Universidad San Martín de Porres, el poeta peruano Alejandro Rumualdo, célebre autor de "Canto coral a Túpac Amaru”: "Querrán matarlo y no podrán matarlo”. Y tiene toda la razón. Aguchita vive por siempre en el corazón del pueblo peruano. Un pueblo mayoritariamente católico. Un pueblo de mucha fe, que ama vivir en paz.
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